SS.CC
I.
Torrejón Satorres
IV°
Diferenciado
08/07/2016
Profesora
Carolina Campos G.
Trinidad apego-autoestima-inserción
en literatura latinoamericana
A lo largo de los últimos años nos
hemos visto envueltos en el boom de las noticias, reportajes y estudios
que relacionan apego en la infancia con la autoestima en la adolescencia, y a
su vez la autoestima con la cantidad de delitos cometidos en la vida adulta. Como
bien se sabe el ser humano es un conjunto de emociones, sentimientos,
pensamientos y experiencias, estando ésta última basada en la historia personal
de un individuo, pues es la historia personal la cual nos permite mostrarnos
felices tras haber conocido la tristeza, es la historia personal la que nos
obliga a ser cautelosos tras sufrir un accidente, y es esta misma historia la
cual dicta las pautas de nuestro comportamiento futuro.
La historia personal comienza en la
niñez, donde se aprende el funcionamiento del mundo, de la comunidad y del
interior. Es el apoyo de los familiares y seres queridos la clave para un
desarrollo íntegro futuro, tanto a nivel social como a nivel intrapersonal. Es
debido a esto que muchas veces “Los
jóvenes que provienen de familias disfuncionales sometidas a estrés y que
fracasan en la escuela, sobre todo cuando viven en un vecindario con altos
índices de criminalidad, tienen una enorme posibilidad de convertirse en
delincuentes, así como de mostrar un nivel bajo de autoestima. Esto,
adicionalmente afecta al concepto que tienen de ellos mismos y al desarrollo de
su identidad. Frecuentemente manifiestan conductas antisociales como el abuso
de sustancias, la promiscuidad sexual y el someterse a acciones riesgosas” (Werner
Wilson, 300-13).
Pero, ¿en qué se relacionan los
niveles de autoestima y la afectividad? En primer lugar se deben comprender los
conceptos para entender las implicancias y repercusiones de esa relación.
Mientras que la afectividad se define como el conjunto de estados y tendencias
que el individuo vive de forma propia e inmediata, que influyen en toda su
personalidad y conducta, especialmente en su expresión, y que por general se
distribuyen en términos duales, como placer-dolor, alegría-tristeza,
agradable-desagradable, atracción-repulsión, etc. (polaridad). (Gastó-Ferrer.
100-5), la autoestima se define según de Mézerville (25) como la
apreciación de sí mismo configurada por factores tanto internos como externos.
Entiendo por factores internos, los factores que radican o son creados por el
individuo-ideas, creencias, prácticas o conductas. Se entiende por factores
externos los factores del entorno: los mensajes transmitidos verbal o no
verbalmente, o las experiencias suscitadas por los padres, los educadores, las
personas significativas para nosotros, las organizaciones y la cultura.
De lo anterior se puede inferir que
las experiencias infantiles vividas en el ambiente familiar y social guardan
relación con la autoestima en etapas más avanzadas de la vida del sujeto, lo
cual claramente tendrá impacto significativo en la adultez. Por lo mismo se
puede entender la trinidad apego-autoestima-integración social como un
mecanismo fundamental en el desarrollo de una persona íntegra, donde cada
concepto actúa como un engranaje indispensable que permite el avance del
individuo, y que determina por tanto las conductas que irá adquiriendo el
sujeto a lo largo del proceso de madurez; y más aún, esta trinidad simboliza el
camino que seguirá una persona a lo largo de su vida, con el apego en la niñez
como pilar, la autoestima en la adolescencia como el punto de inflexión y la
adultez como la culminación de todas las experiencias obtenidas a lo largo de
los dos períodos más importantes de desarrollo humano. De una forma más
simbólica podemos entender la vida como un laberinto de dos entradas: la
entrada de aquellos quienes nacen en el seno de una familia que les brindará
apoyo y amor, y la entrada de aquellos ignorados por su entorno familiar.
Este laberinto ha sido plasmado en la
literatura latinoamericana por diversos autores, quienes basan sus obras en
entornos conflictivos, con presencia de drogas, violencia y desigualdad; y que,
sin embargo, tienen desenlaces muy variados que van desde la superación de
todos los obstáculos, hasta la ejecución de suicidio por parte de sus
protagonistas. Todas esas decisiones tienen como elemento común y factor de
cambio de situaciones un único origen: La familia.
Se puede tomar como ejemplo de la
primera entrada al laberinto a Zezé, protagonista de la obra “Mi planta de naranja – lima” del
brasileño José Mauro de Vasconcelos, quien a su corta edad debe enfrentar las
asperezas de la pobreza, desigualdad y la desgracia que supone tener un padre
pobre (De Vasconcelos, 28). Pese a vivir en una de las favelas más
pobres de Brasil, Zezé jamás incurre en la vida delictual, pues sus hermanos
Lalá, Godóia y Totoca lo educan, su amigo Manuel Valadares lo escucha y su tío
Edmundo lo aconseja. De esta manera, De Vasconcelos logra conciliar una
infancia feliz y un entorno amenazador, con un protagonista de cinco años que
se empeña día a día en ser un modelo a seguir para su hermano menor, Luis. Zezé
encarna a la perfección la superación de los problemas financieros y
emocionales, gracias a la red de seguridad que ofrece su familia, compuesta por
personas trabajadoras, que pese al cansancio físico del día se empeñan en
encontrar tiempo para encaminar los pasos del integrante más joven de la
familia. “Mi planta de naranja – lima”
está narrada por el Zezé adulto, quien a sus 48 años recuerda nostálgico y
agradecido a sus seres queridos, quienes le brindaron la oportunidad de ser un
hombre mejor. ¿Pero qué pasa cuando la
familia no se encuentra durante los primeros pasos del niño?
Se sabe que el ser humano necesita
nutrimentos biológicos para crecer sano, pero ahora también está comprobado que
necesita de nutrimentos afectivos para tener un desarrollo óptimo (Linares,
1996). Si uno de esos elementos esenciales falla o, en su defecto, no se
presenta, es casi imposible el desarrollo pleno del individuo en cuestión, lo
que da inicio a la segunda entrada al laberinto de la vida, la de los niños y
niñas que crecen sin apego familiar. Un ejemplo literario de esta situación
viene siendo “La sangre y la esperanza”
del autor chileno Nicomedes Guzmán, quien a través de esta obra muestra la
desigualdad chilena, y el impacto de hogares rotos en menores de diez años. A
lo largo de las páginas se cuenta la historia de Enrique, el cual es observador
inocente de las atrocidades cometidas por sus amigos y familiares, quienes sólo
buscan sobrevivir. Padres alcohólicos, niñas violadas, adolescentes dando a luz
en las calles a sus hijos bastardos conforman el panorama cotidiano del pequeño
Enrique, quien en más de una ocasión se ve envuelto en actos vandálicos que
afectan su salud emocional y mental. Pierde a su amigo Zorobabel asesinado por
un niño de doce años quien lo elimina de su camino para conseguir su puesto de
trabajo y algo más de comida. Su hermana
Elena trabaja día y noche para que no le falte comida a su hermanito, sin
embargo no es capaz de pasar tiempo con él. Su amor de infancia, Emilia, es
violada día tras día por su padrastro alcohólico, quien finalmente es
asesinado. Su amiga, Antonieta, de quince años se prostituye por unas monedas
para poder dormir en un edificio herrumbroso. En la historia de Enrique, rige
la ley del más fuerte.
Al pasar a la adolescencia el ser
humano busca encontrar su verdadera identidad, su “yo – interior”, el cual como
hemos dicho antes se basa en gran parte en la autoestima y en la necesidad de
encajar en el entorno. ¿Qué pasará con los niños abandonados a su suerte en
este período de descubrimiento personal? ¿Qué pasará con un Enrique Quilodrán? Tal y como explica Boris Cyrulnik (8):
“Algunos niños ya
tienen demasiado asimilado el mecanismo de defensa a través de la delincuencia
para dejarse llevar por el placer de la integración. Esos jóvenes delincuentes
de ahora no eran los que habían padecido más agresiones físicas, sino más bien
los que antes habían adquirido un apego inseguro, de evitación o ambivalente”.
Con lo anterior en mente, se puede
afirmar que un niño inseguro será un adolescente inseguro, que buscará
integrarse al entorno en el que vive a costa de su integridad moral y su
honradez. Un ejemplo bastante gráfico de esta situación se encuentra presente
en “Ciudad de Dios”, película
brasileña en la cual un joven, Rocket, se ve inmerso en el mundo de las drogas
y el alcohol. Es fácil entender que Rocket no participa en ese medio por
diversión o atracción a lo delictual, sino que lo hace para sentirse uno con el
entorno, para encajar en el grupo de jóvenes de su misma edad que se dedican a
actividades de esa índole en una de las favelas más peligrosas de
Brasil, en la cual el lema es “¿Crees que
puedes ganar dinero trabajando? Adelante.”(2002).
La frase anterior nos deja entrever la desesperanza que reina en un
ambiente de pobreza, donde el trabajo duro es un mito y la satisfacción
personal se obtiene a través del dinero fácil y la apariencia vistosa. ¿No es
eso acaso una señal inequívoca de un ser humano con baja autoestima? ¿Acaso ese
Enrique Quilodrán encuentra la aprobación a sí mismo en obtener dinero y
generar miedo?
La adultez es la culminación de todas
las etapas de desarrollo anteriores, es la identidad final de un ser humano, la
cual fue construida a través de las experiencias vividas y las decisiones tomadas.
Por lo tanto debemos entender el ser adulto como la etapa que surge de las
condiciones ambientales que vivió el sujeto, es decir, que la adultez no es una
etapa de desarrollo como tal, puesto que se basa tanto física como
emocionalmente en las dos etapas previas, niñez o infancia, y adolescencia. Es
debido a esto que a nivel introspectivo un adulto es incapaz de generar cambios
por sí mismo, porque el hacerlo significa un retroceso en su proceso de
maduración, significa un intento de “re – criarse”, de limar las asperezas que
se vivieron durante el tramo anterior. En un adulto equilibrado física y
psicológicamente podemos encontrar un apego adecuado durante la primera etapa
de vida, distinguiéndose por el control que logra esta persona sobre su vida
sentimental y afectiva, su seguridad a la hora de afrontar la vida y su forma
de dar solución a los problemas sin incurrir en delincuencia o actos violentos
de ningún tipo.
Sin embargo, a un adulto que tuvo una
infancia difícil, ¿se le puede pedir lo mismo? Diversas investigaciones dictan
que no, pues no se le puede exigir algo a una persona que no tuvo tiempo de
desarrollarlo:
"Un niño, un joven que no fue educado con estimulación temprana, con
amor, que no fue educado en un entorno saludable, es muy difícil que pueda en
un futuro tener esa capacidad de distinguir, incluso de sentir distintas
emociones. El cerebro es la etapa en la que alcanza su mayor desarrollo y si no
lo tiene, será más difícil cuando sea grande" (Hernández, 5-6).
Es por esta razón que
varias entidades criminológicas consideran como perfil de un delincuente un
bajo nivel educativo y una alta tasa de desempleo en la comunidad en la cual
están insertos, siendo, por lejos, el componente más importante de esta mezcla
trágica, el haber formado parte de una familia violenta o disfuncional (Richard,
13-15).
¿Será posible erradicar la
delincuencia atacando las malas conductas familiares? Múltiples estudios
demuestran que sí, que a través de la escolarización temprana (Reynolds,
2010) y la prevención de violencia escolar (Crooks, 172-80) tienen
fuerte incidencia en la disminución de los delitos cometidos en períodos más
avanzados de la vida. Más allá del ámbito escolar, la revisión internacional da
cuenta de programas de intervención familiar hacia la infancia que apuntan de
modo general a la disminución de riesgos futuros. Convertir a un Enrique en un
Zezé no es imposible, sólo se necesita amor para salir del laberinto.
BIBLIOGRAFIA
Ciudad de Dios. Meirelles, Fernando, Lund, Kátia.
FilmAffinity, 2002. Filme.
Crooks,
Valorie. Family caregivers’ ideal expectations of Canada’s Compassionate
Care Benefit. 2° ed. Vol. 20. Canadá: Wiley ,2012. 172-180. Impreso.
Cyrulnik,
Boris. Los patitos feos: La resiliencia.Una infancia infeliz no determina la
vida. 1° ed. España: Penguin Random House, 2013. Página 8
De
Mézerville, Gastón. Ejes de salud mental. Los procesos de autoestima, dar y
recibir afecto y adaptación al estrés. 1° ed. México: Trillas, 2004. Página
25 Impreso.
De
Vasconcelos, José Mauro. Mi planta de naranja-lima. 3° ed. Vol. 1.
Argentina: El ateneo, 2002. Página 28 Impreso.
Gastó-Ferrer,
Cristóbal. Trastornos Afectivos: Ansiedad y depresión.. 3° ed.
Barcelona: Masson, 1999. 100-105. Impreso.
Hernández,
Lilian. "Infancia sin valores, origen de muchos delincuentes:
Conafe." Excelsior [Ciudad de México] 05 2013, ed., Nacional sec.:
Páginas 5-6. Impreso.
Linares, Juan
Luis. Identidad y narrativa; la terapia familiar en la práctica clínica.
1° ed. Barcelona: Paidos, 1996. Impreso.
Richard,
Patricia. Personalidad de un delincuente habitual de hurto y robo. 5°
ed. Vol. 5. Santiago: Anales de la facultad de ciencias jurídicas y sociales.
Universidad de Chile, 1966. Páginas 13-15. Impreso
Reynolds,
Arthur. "Early Childhood to Young Adulthood: An Introduction to the
Special Issue." US National Library of Medicine National Institutes of
Health Search database. NCBI, 03 2010. Web. 07 2016.
<http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3710464/>.
Werner- Wilson, Ray J.. Adolescent
and parent perception of media influence on adolescent sexuality. 1° ed.
Boston: Adolescence, 2004. Páginas 303-313. Impreso.
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